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SAMUEL HUNTINGTON, "Choque de civilizaciones"
19 de Septiembre de 2001
RESUMEN
Después de siglos de problemas políticos, económicos y
sociales entre los estados se avecina el choque de civilizaciones
como fuente de conflicto mundial. Cada civilización es
una entidad cultural con una historia, origen, religión
y tradiciones propios. Al momento de tomar conciencia
de su diferencia con respecto a otras civilizaciones se
produce un enfrentamiento brutal. Para evitar que las
fricciones se polaricen, todas las civilizaciones deben
aprender a convivir con las demás y no pretender lo que
no son, como ha sido el caso de los países no occidentales
que pretenden occidentalizarse.
¿Choque de civilizaciones?
por Samuel P. Huntington
del Foreign Affairs En Español, verano de 1993
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SAMUEL P. HUNTINGTON es profesor titular de Ciencia de
Gobierno de la Universidad de Eaton, y director del John
M. Olin Institute for Strategic Studies de la Universidad
de Harvard. Este artículo es producto del proyecto del
Olin Institute relacionado con "Cambios en el entorno
de seguridad e intereses nacionales estadounidenses".
EL PROXIMO PATRON DE CONFLICTO
LA POLíTICA MUNDIAL entra en una nueva etapa, y los intelectuales
no han vacilado en abundar sobre los posible aspectos
que este cambio entraña: el fin de la historia, el regreso
a las rivalidades tradicionales entre las naciones-estado
o la declinación de la nación-estado a causa de las contradicciones
entre tribalismo y globalismo. Cada una de estas versiones
da cuenta de algunos aspectos de la nueva realidad, pero
pasa por alto un elemento decisivo (e incluso central)
de la política mundial de los próximos años.
La hipótesis de este artículo es que la principal fuente
de conflicto en un nuevo mundo no será fundamentalmente
ideológica ni económica. El carácter tanto de las grandes
divisiones de la humanidad como de la fuente dominante
de conflicto será cultural. Las naciones-estado seguirán
siendo los agentes más poderosos en los asuntos mundiales,
pero en los principales conflictos políticos internacionales
se enfrentarán naciones o grupos de civilizaciones distintas;
el choque de civilizaciones dominará la política mundial.
Las líneas de ruptura entre las civilizaciones serán los
frentes de batalla del futuro.
El conflicto entre civilizaciones será la última fase
de la evolución del conflicto en el mundo moderno. Durante
siglo y medio, después de que con la Paz de Westfalia
surgiera el sistema internacional moderno, los conflictos
del mundo occidental fueron en su mayoría entre príncipes
emperadores, monarcas absolutos o constitucionales
que intentaban ampliar sus burocracias, sus ejércitos,
su fuerza económica mercantilista y, sobre todo, su territorio.
De paso, crearon las naciones-estado y, a partir de la
Revolución Francesa, las principales líneas de conflicto
se sitúan entre naciones y no entre príncipes. En 1793,
en palabras de R. R. Palmer, "terminaron las guerras
de los reyes y comenzó la guerra de los pueblos".
Este patrón decimonónico continuó hasta finalizada la
Primera Guerra Mundial cuando, como resultado de la Revolución
Rusa y la reacción en su contra, el conflicto entre naciones
cedió paso al conflicto entre ideologías, primero entre
el comunismo, el fascismo-nazismo y la democracia liberal,
y luego entre el comunismo y la democracia liberal. Durante
la Guerra Fría, este último conflicto encarnó en la lucha
entre dos superpotencias, de las cuales ninguna era una
nación-estado en el sentido europeo clásico, y en la cual
ambas definían su identidad en función de su ideología.
Los conflictos entre príncipes, naciones-estado e ideologías
tuvieron lugar sobre todo en el marco de la civilización
occidental, fueron "guerras civiles occidentales",
como las llamó William Lind. Esto es verdad tanto con
respecto a la Guerra Fría como a las guerras mundiales
del siglo XX y las guerras de los siglos XVII, XVIII y
XIX. Con el fin de la Guerra Fría, la política internacional
abandonó su fase occidental y su eje pasó a ser a la interacción
entre la civilización occidental y la no occidental, o
entre civilizaciones no occidentales. En la economía política
de las civilizaciones, los pueblos y gobiernos no occidentales
ya no son blanco de los propósitos de la historia del
colonialismo occidental; ahora son, junto con los países
occidentales, impulsores y conformadores de la historia.
LA NATURALEZA DE LAS CIVILIZACIONES
DURANTE LA GUERRA FRíA el mundo se dividió en primero,
segundo y tercer mundo. Esa división ya no resulta pertinente.
Hoy es mucho más lógico agrupar a los países en función
de su cultura y civilización que hacerlo según sus sistemas
políticos y económicos, o de su grado de desarrollo.
¿Qué significa "civilización"? Una civilización
es una entidad cultural. Aldeas, regiones, grupos étnicos,
nacionalidades y grupos religiosos tienen todos culturas
distintas con niveles diferentes de heterogeneidad cultural.
La cultura de una aldea del sur de Italia puede diferir
de la de una aldea del norte de Italia, pero ambas compartirán
una cultura italiana común que las distinguirá de las
aldeas alemanas. Las comunidades europeas, a su vez, compartirán
características culturales que las distinguirán de las
comunidades árabes o chinas. Pero los árabes, chinos y
occidentales no integran ninguna entidad cultural más
amplia. Constituyen civilizaciones. Una civilización es,
por tanto, la organización cultural más alta de personas,
y el nivel de identidad cultural individual más amplio
tiene poco de lo que distingue a los seres humanos de
otras especies. Se define tanto por elementos objetivos
comunes (idioma, historia, religión, costumbres, instituciones)
como por autoidentificación subjetiva de la gente. Las
personas tienen niveles de identidad: un residente de
Roma puede definirse, con diversos grados de intensidad,
como romano, italiano, católico, cristiano, europeo, occidental.
El nivel más amplio con el que se identifique intensamente
es la civilización a la que pertenece. Las personas pueden
redefinir sus identidades; y, como resultado de ello,
la composición y las fronteras de las civilizaciones cambian.
Las civilizaciones pueden abarcar a un número grande de
personas, como en el caso de China ("una civilización
que finge ser un estado", al decir de Lucian Pye),
o a un número muy pequeño, como el Caribe anglófono. Una
civilización puede incluir varias naciones-estado, como
ocurre con las civilizaciones occidental, latinoamericana
o árabe, o sólo una, como la civilización japonesa. Es
evidente que las civilizaciones se mezclan y superponen,
y pueden incluir muchas subcivilizaciones. La civilización
occidental tiene dos variantes principales, la europea
y la estadounidense, y el Islam posee sus subdivisiones
árabe, turca y malaya. Las civilizaciones son de todos
modos entidades dotadas de sentido, y si las líneas que
las separan suelen no ser definidas, no por eso dejan
de ser reales. Las civilizaciones son dinámicas: ascienden
y descienden, se dividen y se fusionan. Y, como sabe cualquier
estudiante de historia, desaparecen y quedan enterradas
en las arenas del tiempo.
Los occidentales tienden a considerar a las naciones-estado
como los principales agentes en los asuntos mundiales
y, aunque lo son, esa realidad data de hace muy pocos
siglos. La historia humana de mayor trascendencia es la
historia de las civilizaciones. En A Story of History,
Arnold Toynbee identificó veintiún grandes civilizaciones;
sólo seis de ellas existen en el mundo contemporáneo.
¿POR QUé CHOCARáN LAS CIVILIZACIONES?
LA IDENTIDAD DE CIVILIZACIóN será cada vez más importante
en el futuro, y el mundo estará conformado en gran medida
por la interacción de siete u ocho civilizaciones principales:
occidental, confuciana, japonesa, islámica, hindú, eslava
ortodoxa, latinoamericana y, posiblemente, la civilización
africana. Los conflictos más importantes del futuro se
producirán en las líneas de ruptura que separan a estas
civilizaciones unas de otras.
¿Por qué será así?
Primero, las diferencias entre las civilizaciones no son
sólo reales: son fundamentales. Las civilizaciones se
diferencian entre sí por su historia, idioma, cultura,
tradición y, lo más importante, por su religión. Personas
pertenecientes a distintas civilizaciones consideran de
distinta forma las relaciones entre Dios y el hombre,
grupo e individuo, ciudadano y Estado, padres e hijos,
esposo y esposa; y del mismo modo tienen un criterio diferente
de la importancia relativa de derechos y responsabilidades,
libertad y autoridad, igualdad y jerarquía. Estas diferencias
son el resultado de siglos y no desaparecerán rápidamente.
Son mucho más determinantes que las diferencias entre
ideologías y regímenes políticos. "Diferencia"
no necesariamente significa conflicto, ni "conflicto"
necesariamente violencia; en el transcurso de los siglos,
sin embargo, las diferencias entre civilizaciones generaron
los conflictos más prolongados y violentos.
En segundo lugar, el mundo se va haciendo más pequeño.
Aumentan las interacciones entre pueblos de distintas
civilizaciones, que intensifican la conciencia de la propia
civilización y de las diferencias y similitudes con las
restantes. En Francia, la inmigración norafricana genera
entre los franceses hostilidad y, al mismo tiempo, mayor
receptividad a la inmigración polaca de europeos católicos
"buenos". Los estadounidenses reaccionan en
forma mucho más negativa a la inversión japonesa que a
las canadienses o europeas. Del mismo modo, como señaló
Donald Horowitz, "Un ibo puede ser [...] un ibo owerri
o un ibo onitsha en la que fue la región oriental de Nigeria;
en Lagos es simplemente un ibo; en Londres, un nigeriano;
en Nueva York, un africano". Las interacciones entre
pueblos de civilizaciones distintas amplían la conciencia
de la propia civilización, lo que, a su vez, refuerza
diferencias y animosidades que se remontan, o se supone
que se remontan, a tiempos muy antiguos.
En tercer lugar, los procesos de modernización económica
y cambio social tienen en todo el mundo el efecto de separar
a la gente de sus viejas identidades locales, debilitando
al mismo tiempo a la nación-estado como fuente de la identidad.
En gran parte del mundo, la religión ha conseguido llenar
este vacío, muchas veces en forma de movimientos llamados
"fundamentalistas", que es posible encontrar
tanto en el cristianismo occidental, el judaísmo, el budismo
y el hinduismo, como en el Islam. En la mayoría de los
países y religiones, los integrantes activos de los movimientos
fundamentalistas son jóvenes, y cuentan con educación
universitaria y pertenecen a la clase media capacitada
o son profesionales y hombres de negocios. La "desecularización
del mundo", según George Weigel, "es una de
las realidades sociales dominantes en la vida de finales
del siglo XX". El resurgimiento de la religión ("la
revanche de Dieu", como lo llamó Gilles Kepel) ofrece
una base de identidad y compromiso que trasciende las
fronteras nacionales y une las civilizaciones.
En cuarto lugar, el doble papel de Occidente impulsa la
toma de conciencia sobre la propia civilización. Por una
parte, Occidente se encuentra en la cúspide del poder.
Al mismo tiempo, sin embargo, y tal vez como resultado
de ello, entre las civilizaciones no occidentales ocurre
un fenómeno que es el "regreso a las raíces".
Se escuchan cada vez más referencias al encierro y a la
"asiatización" de Japón; al fin del legado de
Nehru y la "hinduización" de la India; al fracaso
de las ideas occidentales del socialismo y el nacionalismo
y, por ende, a la "reislamización" del Medio
Oriente; y, ahora, a la batalla entre la "occidentalización"
y la "rusificación" en el país de Boris Yeltsin.
El Occidente, en la cúspide de su poder, enfrenta al no
Occidente, cuyos anhelos de dar al mundo formas no occidentales,
junto con la voluntad y los recursos para conseguirlo,
son cada vez mayores.
En el pasado, las élites de las sociedades no occidentales
solían ser las personas que más relación tenían con Occidente:
se habían educado en Oxford, la Sorbona o Sandhurst y
estaban imbuidas de hábitos y valores occidentales. Al
propio tiempo, el común de la gente de los países solía
permanecer profundamente ligado a la cultura autóctona.
Pero ahora esas relaciones se invierten. En muchos países
no occidentales se produce una "desoccidentalización"
o "indigenización" de las élites, en tanto los
hábitos, culturas y estilos occidentales (mayormente estadounidenses)
cobran popularidad entre las masas.
En quinto lugar, las características y diferencias culturales
cambian menos que los problemas o rasgos políticos y económicos
y, por ende, resultan menos fáciles de resolver. En la
ex Unión Soviética, los comunistas pueden volverse demócratas,
los ricos pueden hacerse pobres y los pobres, ricos, pero
los rusos no pueden volverse estonios ni los azerbaiyanos,
armenios. En los conflictos ideológicos y de clase, la
pregunta clave era: "¿usted de qué lado está?";
y las personas podían escoger o cambiar de bando, y así
lo hacían. En los conflictos entre civilizaciones, la
pregunta es: "¿usted qué es?". Esto es un dato
que no puede cambiarse. Y, como ya se sabe, desde Bosnia
al Cáucaso y Sudán, responder mal esa pregunta puede significar
un disparo en la cabeza. Y la religión discrimina de manera
más clara y exclusiva que las características étnicas.
Una persona puede ser medio francesa y medio árabe, e
incluso ciudadana de ambos países, pero resulta más difícil
ser medio católico y medio musulmán.
Por último, el regionalismo económico aumenta. Entre 1980
y 1989, las proporciones del comercio intrarregional total
se elevaron de 51 a 59% en Europa, de 33 a 37% en este
de Asia y de 32 a 36% en América del Norte. Es probable
que la importancia de los bloques económicos regionales
continúe creciendo en el futuro. Por una parte, el éxito
del regionalismo económico reforzará la conciencia de
la propia civilización. Por otra, resultará exitoso sólo
cuando se asiente sobre una civilización común. La Comunidad
Europea (CU) se apoya sobre una base compartida de cultura
europea y cristianismo occidental. El éxito del Tratado
de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) depende
de la convergencia, hoy en marcha, de las culturas mexicana,
canadiense y estadounidense. Japón, en cambio, tiene dificultades
para crear una entidad económica comparable en el este
de Asia porque la sociedad y la civilización de Japón
son únicas. Por fuertes que sean los vínculos comerciales
y de inversiones que pueda desarrollar con otros países
de este de Asia, sus diferencias culturales con ellos
inhiben una integración económica regional como las de
Europa o América del Norte y tal vez le impidan fomentarla.
La existencia de una cultura común, en cambio, facilita
claramente el rápido fortalecimiento de las relaciones
económicas entre la República Popular China y Hong Kong,
Taiwán, Singapur y las comunidades chinas de otros países
de Asia. Terminada la Guerra Fría, las similitudes culturales
superan cada vez más las diferencias ideológicas, y China
continental y Taiwán se acercan. Si la cultura común es
requisito para la integración económica, es probable que
el principal bloque económico de este de Asia en el futuro
tenga su centro en China. En realidad, este bloque ya
se está formando. Como ha observado Murray Weidenbaum:
A pesar del actual predominio japonés en la región, la
economía asiática estructurada en torno a China surge
rápidamente como nuevo epicentro de la industria, el comercio
y las finanzas. En esta zona estratégica hay capacidades
sustanciales en tecnología y producción de manufacturas
(Taiwán), notables conocimientos empresariales, de servicios
y de marketing (Hong Kong), una excelente red de comunicaciones
(Singapur), un importante consorcio de capital financiero
(los tres) y enormes cantidades de tierra, recursos y
mano de obra (China continental) [...] De Guangzhou a
Singapur, de Kuala Lumpur a Manila, esta influyente red
-muchas veces basada en ampliaciones de los clanes tradicionales-
se ha descrito como la columna vertebral de la economía
de este de Asia. Murray Weidenbaum, Greater China: The
Next Economic Superpower?, Washington University Center
for the Study of American Business, Contemporary Issues,
serie 57, St. Louis, febrero de 1993, pp. 2 y 3.
La cultura y la religión son también la base de la Organización
de Cooperación Económica que reúne a diez países musulmanes
no árabes: Irán, Paquistán, Turquía, Azerbaiyán, Kazajistán,
Kirguistán, Turkmenistán, Tayikistán, Uzbekistán y Afganistán.
Uno de los impulsos del renacimiento y la ampliación de
esta organización, fundada en los años sesenta por Turquía,
Paquistán e Irán, es que los dirigentes de varios de esos
países se percataron de que no tenían posibilidades de
ser admitidos en la CU. De modo similar, la Comunidad
del Caribe (Caricom), el Mercado Común Centroamericano
y el Mercosur se asientan sobre bases culturales comunes.
Pero hasta el momento, los intentos de crear una entidad
económica centroamericana y caribeña que supere la línea
divisoria anglolatina han fracasado.
A medida que las personas definan su identidad en términos
étnicos y religiosos, es probable que perciban su relación
con personas de etnias o religiones distintas como una
relación de "nosotros contra ellos". El fin
de la antigua Unión Soviética y de los estados definidos
ideológicamente en Europa Oriental permite que identidades
y animosidades étnicas pasen a primer plano. Las diferencias
de cultura y religión generan diferencias políticas, cuyo
espectro va de los derechos humanos a la inmigración,
y del comercio al medio ambiente. Desde Bosnia a Mindanao,
la proximidad geográfica origina reclamos territoriales.
Y lo más importante, los esfuerzos que Occidente hace
por mantener su predominio militar, favorecer sus intereses
económicos y promover la democracia y el liberalismo como
valores universales producen reacciones adversas en otras
civilizaciones. Los gobiernos y los grupos, cada vez menos
capaces de movilizar apoyo y formar coaliciones en función
de una ideología, intentarán hacerlo mediante la apelación
a la identidad común de religión y civilización.
El choque de civilizaciones se produce así en dos niveles.
En el nivel micro, grupos contiguos situados en las líneas
de ruptura de las civilizaciones luchan, en ocasiones
con violencia, por controlar el territorio y a los demás.
En el nivel macro, estados de civilizaciones distintas
compiten por el poder económico y militar relativo, el
control de las instituciones internacionales y de terceros,
y promueven competitivamente sus valores políticos y religiosos
particulares.
LAS LíNEAS DE RUPTURA ENTRE LAS CIVILIZACIONES
LAS LíNEAS DE RUPTURA entre civilizaciones sustituyen
las fronteras políticas e ideológicas de la Guerra Fría
como puntos álgidos de crisis y derramamiento de sangre.
La Guerra Fría comenzó cuando la Cortina de Hierro dividió
política e ideológicamente a Europa. La Guerra Fría se
acabó con la caída de la Cortina de Hierro. Al desaparecer
la división ideológica de Europa, reapareció la división
cultural entre cristianismo occidental por una parte,
y cristianismo ortodoxo e Islam por la otra. La línea
de ruptura más importante en Europa, según William Wallace,
podría muy bien ser la línea que en el 1500 constituía
la frontera oriental del cristianismo occidental, y que
corre a lo largo de la actual frontera que separa Rusia
de Finlandia y los estados del Báltico, atraviesa Bielorrusia
y Ucrania (separando la Ucrania Occidental, más católica,
de la ortodoxa Ucrania Oriental), gira hacia Occidente
para separar Transilvania del resto de Rumania, y luego
atraviesa Yugoslavia casi exactamente por la línea que
hoy separa Croacia y Eslovenia del resto de Yugoslavia.
En los Balcanes, esta línea coincide, obviamente, con
la frontera histórica entre el imperio de los Habsburgo
y el Imperio Otomano. Los pueblos situados al norte y
al oeste de esta línea son protestantes o católicos, y
compartieron las experiencias de la historia europea:
feudalismo, Renacimiento, Reforma, Ilustración, Revolución
francesa, Revolución industrial; suelen estar en mejor
situación económica que los pueblos del este y podrían
aspirar a una mayor participación en la economía europea
común y a consolidar sistemas políticos democráticos.
Los pueblos que se encuentran al este y al sur de la línea
son ortodoxos o musulmanes, históricamente pertenecieron
a los Imperio Otomano o zarista y los sucesos que dieron
forma al resto de Europa los tocaron sólo ligeramente.
Económicamente suelen estar más rezagados, y parece menos
probable que desarrollen sistemas políticos democráticos
estables. La "cortina de terciopelo" de la cultura
ha reemplazado la cortina divisoria más importante de
Europa. Como demuestran los sucesos de Yugoslavia, no
se trata sólo de una línea de diferencia, sino a veces
de una línea de conflicto sangriento.
Hay conflicto en la línea de ruptura que separa la civilización
occidental de la islámica desde hace 1 300 años. Después
de la fundación del Islam, hubo una oleada, que terminó
en Tours en 732, de pueblos árabes que se desplazaron
hacia el oeste y el norte. Desde el siglo XI al XIII,
los cruzados intentaron con éxito temporal llevar el cristianismo
y el poder cristiano a Tierra Santa. Entre los siglos
XIV y XVII, los turcos otomanos invirtieron las cosas:
extendieron su influjo al Medio Oriente y los Balcanes,
conquistaron Constantinopla y sitiaron dos veces Viena.
En el siglo XIX y principios del XX, mientras declinaba
el poder otomano, Gran Bretaña, Francia e Italia impusieron
el control occidental sobre casi todo el norte de África
y Medio Oriente.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Occidente, a su
vez, comenzó a replegarse; los imperios coloniales desaparecieron;
se manifestaron el nacionalismo árabe primero y luego
el fundamentalismo musulmán; aumentó en Occidente la dependencia
energética de los países del Golfo Pérsico; los países
musulmanes petroleros se enriquecieron y, cuando lo desearon,
adquirieron grandes cantidades de armas. Hubo varias guerras
entre los árabes e Israel (creado por Occidente). Francia
llevó adelante una guerra sangrienta y cruel en Argelia
durante casi toda la década de los cincuenta; las fuerzas
británicas y francesas invadieron Egipto en 1956; Estados
Unidos entró en el Líbano en 1958, regresó más tarde,
atacó a Libia y se involucró en diversos encuentros militares
con Irán; terroristas árabes e islámicos, apoyados por
al menos tres gobiernos del Medio Oriente, utilizaron
el arma de los débiles y pusieron bombas en aviones e
instalaciones occidentales, tomando rehenes. Esta guerra
entre los árabes y Occidente tuvo su punto culminante
en 1990, cuando Estados Unidos envió un gran ejército
al Golfo Pérsico para defender a algunos países árabes
de la agresión de uno de ellos. En el periodo siguiente,
la planificación de la OTAN apunta cada vez más a las
amenazas e inestabilidad que puedan surgir en su "línea
meridional".
Es difícil que disminuya esta interacción militar entre
Occidente y el Islam, que data de varios siglos. Podría
hacerse más virulenta. La Guerra del Golfo dejó en algunos
árabes una sensación de orgullo porque Saddam Hussein
atacó a Israel y enfrentó a los occidentales. También
dejó un importante sentimiento de humillación y resentimiento
por la presencia militar de Occidente en el Golfo Pérsico,
su avasallador poderío militar y la evidente incapacidad
que demostraron los árabes de dominar su propio destino.
En muchos países árabes, además de los exportadores de
petróleo, se están alcanzando niveles de desarrollo económico
y social incompatibles con las formas autocráticas de
gobierno, y al mismo tiempo se fortalecen los intentos
de introducir la democracia. Ya se produjeron algunas
aperturas en los sistemas políticos árabes. Sus beneficiarios
principales fueron los movimientos islamitas. En el mundo
árabe, en resumen, la democracia occidental robustece
las fuerzas políticas antioccidentales. Éste podría ser
un fenómeno pasajero, pero sin duda complica las relaciones
entre los países islámicos y los occidentales.
También la demografía las complica. El espectacular crecimiento
demográfico de los países árabes, en especial de los del
norte africano, llevó a que aumentara la emigración a
Europa Occidental. La tendencia de Europa Occidental de
reducir al mínimo las fronteras internas agudizó las sensibilidades
políticas en relación con este hecho. En Italia, Francia
y Alemania, el racismo se manifiesta cada vez más abiertamente
y, a partir de 1990, aumentan la intensidad y la extensión
de las reacciones políticas, así como la violencia contra
inmigrantes árabes y turcos.
De ambos lados, la interacción entre el Islam y Occidente
se ve como un choque de civilizaciones. M. J. Akbar, un
autor indomusulmán, observa que el "próximo enfrentamiento"
de Occidente "vendrá sin dudas del mundo musulmán.
La lucha por un nuevo orden mundial comenzará con la presión
de las naciones islámicas, desde Maghreb a Paquistán".
Bernard Lewis llega a una conclusión similar:
Nos enfrentamos a un sentir y a un movimiento que superan
con creces los temas de las políticas y los gobiernos
que las desarrollan. No se trata sino de un choque de
civilizaciones: la reacción tal vez irracional pero sin
dudas histórica de un antiguo rival de nuestra herencia
judeocristiana, nuestro presente laico y la expansión
mundial de ambos. Bernard Lewis, "The Roots of Muslim
Rage", The Atlantic Monthly, vol. 266, septiembre
de 1990, p. 60; Time, 15 de junio de 1992, pp. 24-28.
Históricamente, la otra gran interacción antagónica de
la civilización árabe islámica ha sido con los pueblos
negros del sur, paganos, animistas y ahora crecientemente
cristianos. Anteriormente, este antagonismo tuvo su epítome
en los esclavistas árabes y los esclavos negros. Se reflejó
en Sudán, en la guerra civil aún no terminada entre árabes
y negros, en la lucha en el Chad entre los insurgentes
apoyados por Libia y el gobierno, en las tensiones entre
cristianos ortodoxos y musulmanes en el Cuerno de África,
y en los conflictos políticos, disturbios recurrentes
y violencia intestina entre musulmanes y cristianos en
Nigeria. Es probable que la modernización de África y
la difusión del cristianismo aumenten el nivel de violencia
en esta línea de ruptura. El discurso que el Papa Juan
Pablo II pronunció en Jartum, en febrero de 1993, mediante
el cual atacó las medidas del gobierno islamita de Sudán
contra la minoría católica del país, resulta sintomático
de la intensificación del conflicto.
En el límite septentrional del Islam, los conflictos bélicos
entre pueblos ortodoxos y musulmanes aumentaron: violencia
ascendente entre serbios y albaneses, la carnicería de
Bosnia y Sarajevo, las frágiles relaciones entre los búlgaros
y la minoría turca de Bulgaria, violencia entre osetianos
e ingush, la incesante matanza a que se someten mutuamente
armenios y azerbaiyanos, las tirantes relaciones entre
rusos y musulmanes en Asia central y el despliegue de
efectivos rusos para proteger los intereses de Moscú en
el Cáucaso y Asia central. La religión estimula el resurgimiento
de las identidades étnicas y alimenta el temor ruso por
la seguridad de sus fronteras meridionales. Archie Roosevelt
captó bien esta preocupación:
Gran parte de la historia rusa está vinculada a la lucha,
que se remonta a la fundación del Estado ruso, hace más
de 1 000 años, entre eslavos y turcos en las fronteras
turcas. En este enfrentamiento ya milenario entre los
eslavos y sus vecinos orientales se encuentra la clave
no sólo de la historia sino del carácter ruso. Para entender
las realidades rusas de hoy es necesario tener idea de
la magnitud de la etnia turca que preocupó a Rusia a lo
largo de los siglos. Archie Roosevelt, For Lust of Knowing,
Little, Brown, Boston, 1988, pp. 332 y 333.
El conflicto entre civilizaciones tiene profundas raíces
en otros lugares de Asia. El choque histórico entre musulmanes
e hindúes en el subcontinente se manifiesta ahora no sólo
en la rivalidad entre Paquistán y la India, sino también
en la intensificación en la India de los conflictos religiosos
entre los grupos hindúes, de militancia cada vez más activa,
y la importante minoría musulmana del país. La destrucción
de la mezquita de Ajodhia en diciembre de 1992 puso de
relieve la interrogante de si la India seguiría siendo
un estado democrático laico o se volvería hindú. En este
de Asia, China tiene disputas territoriales pendientes
con casi todos sus vecinos. Llevó adelante una política
despiadada contra el pueblo budista del Tíbet y sigue
una política cada vez más cruel contra la minoría turcomusulmana
que habita el territorio chino. Con el fin de la Guerra
Fría, las diferencias de fondo entre China y Estados Unidos
se acentuaron en esferas como los derechos humanos, el
comercio y la proliferación de armamentos, y es improbable
que se moderen. Se afirma que Deng Xiaoping dijo en 1991
que entre China y Estados Unidos se ponía en marcha una
"nueva guerra fría".
La misma frase se ha aplicado a las relaciones cada vez
más difíciles entre Japón y Estados Unidos. En este caso,
las diferencias culturales exacerban el conflicto económico.
Cada bando acusa al otro de racismo (aunque del lado estadounidense,
al menos, las antipatías no son raciales sino culturales).
Los valores, actitudes y patrones de comportamiento básicos
de ambas sociedades difícilmente podrían ser más diferentes.
Las cuestiones económicas que separan a Estados Unidos
de Europa no son menos graves que las que oponen a Estados
Unidos a Japón, pero no tienen la misma importancia política
ni intensidad emocional porque las diferencias de la cultura
estadounidense con respecto a la europea son mucho menores
que con respecto a la japonesa.
Las interacciones entre civilizaciones varían enormemente
según su propensión a teñirse de violencia. Es evidente
que entre las subcivilizaciones occidentales estadounidense
y europea, y entre éstas y Japón, predomina la competencia
económica. Pero en el continente eurasiático, la proliferación
del conflicto étnico, que llega al extremo de la "limpieza
étnica", no fue totalmente fortuita; su frecuencia
y violencia fueron mayores cuando hubo conflicto entre
grupos pertenecientes a distintas civilizaciones. En Eurasia
las grandes líneas de ruptura históricas entre las civilizaciones
arden nuevamente. Esto es particularmente cierto en el
bloque islámico que, como una media luna, se extiende
desde África hasta Asia central. También hay violencia
entre los musulmanes, y entre los serbios ortodoxos en
los Balcanes, los judíos en Israel, los hindúes en la
India, los budistas en Birmania y los católicos en Filipinas.
Las fronteras del Islam están teñidas de sangre.
Es difícil que disminuya esta interacción militar entre
Occidente y el Islam, que data de varios siglos. Podría
hacerse más virulenta. La Guerra del Golfo dejó en algunos
árabes una sensación de orgullo porque Saddam Hussein
atacó a Israel y enfrentó a los occidentales. También
dejó un importante sentimiento de humillación y resentimiento
por la presencia militar de Occidente en el Golfo Pérsico,
su avasallador poderío militar y la evidente incapacidad
que demostraron los árabes de dominar su propio destino.
En muchos países árabes, además de los exportadores de
petróleo, se están alcanzando niveles de desarrollo económico
y social incompatibles con las formas autocráticas de
gobierno, y al mismo tiempo se fortalecen los intentos
de introducir la democracia. Ya se produjeron algunas
aperturas en los sistemas políticos árabes. Sus beneficiarios
principales fueron los movimientos islamitas. En el mundo
árabe, en resumen, la democracia occidental robustece
las fuerzas políticas antioccidentales. Éste podría ser
un fenómeno pasajero, pero sin duda complica las relaciones
entre los países islámicos y los occidentales.
También la demografía las complica. El espectacular crecimiento
demográfico de los países árabes, en especial de los del
norte africano, llevó a que aumentara la emigración a
Europa Occidental. La tendencia de Europa Occidental de
reducir al mínimo las fronteras internas agudizó las sensibilidades
políticas en relación con este hecho. En Italia, Francia
y Alemania, el racismo se manifiesta cada vez más abiertamente
y, a partir de 1990, aumentan la intensidad y la extensión
de las reacciones políticas, así como la violencia contra
inmigrantes árabes y turcos.
De ambos lados, la interacción entre el Islam y Occidente
se ve como un choque de civilizaciones. M. J. Akbar, un
autor indomusulmán, observa que el "próximo enfrentamiento"
de Occidente "vendrá sin dudas del mundo musulmán.
La lucha por un nuevo orden mundial comenzará con la presión
de las naciones islámicas, desde Maghreb a Paquistán".
Bernard Lewis llega a una conclusión similar:
Nos enfrentamos a un sentir y a un movimiento que superan
con creces los temas de las políticas y los gobiernos
que las desarrollan. No se trata sino de un choque de
civilizaciones: la reacción tal vez irracional pero sin
dudas histórica de un antiguo rival de nuestra herencia
judeocristiana, nuestro presente laico y la expansión
mundial de ambos. Bernard Lewis, "The Roots of Muslim
Rage", The Atlantic Monthly, vol. 266, septiembre
de 1990, p. 60; Time, 15 de junio de 1992, pp. 24-28.
Históricamente, la otra gran interacción antagónica de
la civilización árabe islámica ha sido con los pueblos
negros del sur, paganos, animistas y ahora crecientemente
cristianos. Anteriormente, este antagonismo tuvo su epítome
en los esclavistas árabes y los esclavos negros. Se reflejó
en Sudán, en la guerra civil aún no terminada entre árabes
y negros, en la lucha en el Chad entre los insurgentes
apoyados por Libia y el gobierno, en las tensiones entre
cristianos ortodoxos y musulmanes en el Cuerno de África,
y en los conflictos políticos, disturbios recurrentes
y violencia intestina entre musulmanes y cristianos en
Nigeria. Es probable que la modernización de África y
la difusión del cristianismo aumenten el nivel de violencia
en esta línea de ruptura. El discurso que el Papa Juan
Pablo II pronunció en Jartum, en febrero de 1993, mediante
el cual atacó las medidas del gobierno islamita de Sudán
contra la minoría católica del país, resulta sintomático
de la intensificación del conflicto.
En el límite septentrional del Islam, los conflictos bélicos
entre pueblos ortodoxos y musulmanes aumentaron: violencia
ascendente entre serbios y albaneses, la carnicería de
Bosnia y Sarajevo, las frágiles relaciones entre los búlgaros
y la minoría turca de Bulgaria, violencia entre osetianos
e ingush, la incesante matanza a que se someten mutuamente
armenios y azerbaiyanos, las tirantes relaciones entre
rusos y musulmanes en Asia central y el despliegue de
efectivos rusos para proteger los intereses de Moscú en
el Cáucaso y Asia central. La religión estimula el resurgimiento
de las identidades étnicas y alimenta el temor ruso por
la seguridad de sus fronteras meridionales. Archie Roosevelt
captó bien esta preocupación:
Gran parte de la historia rusa está vinculada a la lucha,
que se remonta a la fundación del Estado ruso, hace más
de 1 000 años, entre eslavos y turcos en las fronteras
turcas. En este enfrentamiento ya milenario entre los
eslavos y sus vecinos orientales se encuentra la clave
no sólo de la historia sino del carácter ruso. Para entender
las realidades rusas de hoy es necesario tener idea de
la magnitud de la etnia turca que preocupó a Rusia a lo
largo de los siglos. Archie Roosevelt, For Lust of Knowing,
Little, Brown, Boston, 1988, pp. 332 y 333.
El conflicto entre civilizaciones tiene profundas raíces
en otros lugares de Asia. El choque histórico entre musulmanes
e hindúes en el subcontinente se manifiesta ahora no sólo
en la rivalidad entre Paquistán y la India, sino también
en la intensificación en la India de los conflictos religiosos
entre los grupos hindúes, de militancia cada vez más activa,
y la importante minoría musulmana del país. La destrucción
de la mezquita de Ajodhia en diciembre de 1992 puso de
relieve la interrogante de si la India seguiría siendo
un estado democrático laico o se volvería hindú. En este
de Asia, China tiene disputas territoriales pendientes
con casi todos sus vecinos. Llevó adelante una política
despiadada contra el pueblo budista del Tíbet y sigue
una política cada vez más cruel contra la minoría turcomusulmana
que habita el territorio chino. Con el fin de la Guerra
Fría, las diferencias de fondo entre China y Estados Unidos
se acentuaron en esferas como los derechos humanos, el
comercio y la proliferación de armamentos, y es improbable
que se moderen. Se afirma que Deng Xiaoping dijo en 1991
que entre China y Estados Unidos se ponía en marcha una
"nueva guerra fría".
La misma frase se ha aplicado a las relaciones cada vez
más difíciles entre Japón y Estados Unidos. En este caso,
las diferencias culturales exacerban el conflicto económico.
Cada bando acusa al otro de racismo (aunque del lado estadounidense,
al menos, las antipatías no son raciales sino culturales).
Los valores, actitudes y patrones de comportamiento básicos
de ambas sociedades difícilmente podrían ser más diferentes.
Las cuestiones económicas que separan a Estados Unidos
de Europa no son menos graves que las que oponen a Estados
Unidos a Japón, pero no tienen la misma importancia política
ni intensidad emocional porque las diferencias de la cultura
estadounidense con respecto a la europea son mucho menores
que con respecto a la japonesa.
Las interacciones entre civilizaciones varían enormemente
según su propensión a teñirse de violencia. Es evidente
que entre las subcivilizaciones occidentales estadounidense
y europea, y entre éstas y Japón, predomina la competencia
económica. Pero en el continente eurasiático, la proliferación
del conflicto étnico, que llega al extremo de la "limpieza
étnica", no fue totalmente fortuita; su frecuencia
y violencia fueron mayores cuando hubo conflicto entre
grupos pertenecientes a distintas civilizaciones. En Eurasia
las grandes líneas de ruptura históricas entre las civilizaciones
arden nuevamente. Esto es particularmente cierto en el
bloque islámico que, como una media luna, se extiende
desde África hasta Asia central. También hay violencia
entre los musulmanes, y entre los serbios ortodoxos en
los Balcanes, los judíos en Israel, los hindúes en la
India, los budistas en Birmania y los católicos en Filipinas.
Las fronteras del Islam están teñidas de sangre.
CONFLUENCIA DE LA CIVILIZACIóN: EL SíNDROME DEL PAíS AFíN
ES NATURAL que los grupos o estados pertenecientes a una
civilización que libra una guerra con personas de una
civilización distinta intenten conseguir el apoyo de otros
miembros de su misma civilización. A medida que el mundo
posterior a la Guerra Fría evoluciona, el conjunto de
civilizaciones (lo que H. D. S. Greenway llamó síndrome
del "país afín") sustituye la ideología política
y el equilibrio tradicional de poder como principales
bases de cooperación y alianzas. Puede verse su gradual
aparición en los conflictos que se produjeron en el Golfo
Pérsico, el Cáucaso y Bosnia, después de la Guerra Fría.
Ninguno de ellos fue una guerra a gran escala entre civilizaciones,
pero en cada uno hubo elementos de confluencia de civilización,
que parece haber cobrado importancia a medida que se desarrollaba
el conflicto y podría ser un atisbo del futuro.
Primero, en la Guerra del Golfo un Estado árabe invadió
a otro y luego luchó contra una coalición donde había
principalmente estados árabes y occidentales. Aunque sólo
unos pocos gobiernos musulmanes apoyaron abiertamente
a Saddam Hussein, las élites árabes lo vitorearon en privado
y cobró gran popularidad entre importantes sectores árabes.
Los movimientos fundamentalistas islámicos apoyaron universalmente
a Irak y no a los gobiernos de Kuwait y Arabia Saudita,
respaldados por los gobiernos occidentales. Saddam Hussein,
abjurando del nacionalismo árabe, hizo un llamado explícito
al Islam. Junto con quienes lo apoyaban, intentó definir
la guerra como una guerra entre civilizaciones. Como afirma
Safar Al-Hawali, decano de estudios islámicos en la Universidad
Um Al-Qura de la Meca, en una cinta muy difundida: "No
es el mundo contra Irak, es Occidente contra el Islam".
Pasando por alto la rivalidad entre Irán e Irak, el principal
dirigente religioso iraní, Ayatolla Ali Khomeini, llamó
a una guerra santa contra Occidente: "La lucha contra
la agresión, la codicia, los planes y las políticas estadounidenses
se considerará como una jihad, y quien muera en ella será
un mártir". El rey Hussein de Jordania afirmó: "Ésta
es una guerra contra todos los árabes y todos los musulmanes,
y no sólo contra Irak".
Que partes substanciales de las élites y los grupos árabes
confluyeran en apoyo de Sadam Hussein hizo que los gobiernos
árabes de la coalición antiiraquí moderaran sus actividades
y bajaran el tono de sus declaraciones públicas. Los gobiernos
árabes se opusieron a los posteriores intentos occidentales
de presionar a Irak o se distanciaron de ellos, incluida
la zona de prohibición de vuelos decretada en el verano
de 1992 y el bombardeo a Irak de enero de 1993. La coalición
antiiraquí, compuesta en 1990 por Occidente, la Unión
Soviética, Turquía y los países árabes, se había convertido
para 1993 en una coalición casi únicamente de Occidente
y Kuwait contra Irak.
Los musulmanes compararon las acciones occidentales contra
Irak con la incapacidad que demostró Occidente para proteger
a los bosnios contra los serbios e imponer sanciones a
Israel por violar las resoluciones de Naciones Unidas.
Afirmaban que había una ley para unos y otra ley para
otros. Un mundo de choques de civilizaciones, sin embargo,
es inevitablemente un mundo de leyes dobles: se aplica
una a los países afines y otra al resto.
En segundo lugar, el síndrome de país afín apareció también
en conflictos que se produjeron en la antigua Unión Soviética.
Los éxitos militares armenios de 1992 y 1993 estimularon
a Turquía a aumentar su apoyo a sus hermanos de religión,
etnia e idioma en Azerbaiyán. En 1992, un funcionario
turco decía: "La nación turca tiene los mismos sentimientos
que los azerbaiyanos. Estamos bajo presión. Nuestros diarios
están llenos de fotos de atrocidades y nos preguntan si
todavía pensamos seriamente en mantener nuestra política
de neutralidad. Tal vez deberíamos mostrar a Armenia que
hay una Turquía grande en la región". El presidente
Turgut Özal coincidió en esto y observó que Turquía debía
al menos "dar un susto a los armenios". En 1993,
Özal amenazó nuevamente diciendo que Turquía "mostraría
sus dientes". Aviones de la Fuerza Aérea Turca hicieron
vuelos de reconocimiento sobre la frontera armenia; Turquía
suspendió los envíos de alimento y los vuelos a Armenia
y, junto con Irán, anunció que no aceptaría el desmembramiento
de Azerbaiyán. En sus últimos años, el gobierno soviético
apoyó a Azerbaiyán porque sus gobernantes eran antiguos
comunistas. Al desaparecer la Unión Soviética, sin embargo,
las consideraciones políticas cedieron su lugar a las
religiosas. Fuerzas rusas lucharon del lado de los armenios
y Azerbaiyán denunció el "giro de 180 grados del
gobierno ruso", que había pasado a apoyar a la Armenia
cristiana.
En tercer lugar, en relación con la lucha en la antigua
Yugoslavia, en Occidente se sintió compasión por los musulmanes
bosnios y se les apoyó por los horrores que sufrían a
manos de los serbios; sin embargo, hubo relativamente
poca preocupación por los ataques de los croatas a los
musulmanes y su participación en el desmembramiento de
Bosnia Herzegovina. En las primeras etapas de la desintegración
yugoslava, Alemania, en un despliegue inusitado de iniciativa
y fuerza diplomáticas, indujo a otros 11 miembros de la
Comunidad Europea a reconocer a Eslovenia y a Croacia.
Como resultado de la decisión del Papa de brindar apoyo
importante a ambos países católicos, el Vaticano presentó
su reconocimiento aun antes que la CU. Estados Unidos
siguió el ejemplo europeo. Así, los principales protagonistas
de la civilización occidental confluyeron en torno a sus
correligionarios. Luego se informó que Croacia recibía
importantes cantidades de armamento de Europa central
y otros países occidentales. El gobierno de Boris Yeltsin,
por su parte, intentó una medida intermedia que agradara
a los serbios ortodoxos pero que no aislara a Rusia de
Occidente. Sin embargo, grupos conservadores y nacionalistas
rusos, incluidos muchos legisladores, atacaron al gobierno
por haber retirado su apoyo a los serbios. Al parecer,
a principios de 1993 había varios cientos de rusos en
las fuerzas serbias y circulaban informes según los cuales
Serbia recibía armas rusas.
Los gobiernos y grupos islámicos, por su parte, censuraban
a Occidente por no salir en defensa de los bosnios. Los
dirigentes iraníes instaron a los musulmanes de todos
los países a brindar ayuda a Bosnia; Irán, en violación
al embargo de armas dispuesto por Naciones Unidas, suministró
armas y hombres a los bosnios; grupos libaneses apoyados
por Irán enviaron guerrilleros a entrenar y organizar
a las fuerzas bosnias. En 1993 se informó que más de 4
000 musulmanes de una veintena de países islámicos luchaban
en Bosnia. En Arabia Saudita y otros países hubo firmes
presiones de grupos fundamentalistas para que sus gobiernos
apoyaran más enérgicamente a los bosnios. Según informes,
para fines de 1992 Arabia Saudita había brindado a los
bosnios considerable financiación para armas y suministros
de guerra, lo que aumentó en forma significativa su poderío
militar con respecto a los serbios.
En la década de 1930, la Guerra Civil española provocó
la intervención de países fascistas, comunistas y democráticos.
En los años 90, el conflicto yugoslavo provoca la intervención
de países musulmanes, ortodoxos y cristianos occidentales.
El paralelo no ha pasado inadvertido. Un editorialista
saudita observó: "La guerra en Bosnia Herzegovina
se ha convertido en el equivalente emocional de la lucha
contra el fascismo durante la Guerra Civil española: se
considera a los muertos como mártires que intentaron salvar
a sus congéneres musulmanes".
Los conflictos y la violencia se producirán también entre
estados y grupos pertenecientes a una misma civilización,
aunque es probable que sean menos intensos y más limitados
que los que involucren civilizaciones distintas. Pertenecer
a una misma civilización reduce la posibilidad de violencia
en situaciones donde de otro modo podría presentarse.
En 1991 y 1992, mucha gente se alarmó por la posibilidad
de un conflicto violento entre Rusia y Ucrania por motivos
territoriales (Crimea en particular), por la flota del
Mar Negro, por las armas nucleares y por los asuntos económicos.
Si la civilización es lo que cuenta, sin embargo, las
probabilidades de violencia entre ucranianos y rusos deberían
ser escasas. Ambos son pueblos eslavos, principalmente
ortodoxos, que han mantenido estrechas relaciones durante
siglos. A principios de 1993, a pesar de todos los motivos
de conflicto, los dirigentes negociaban eficazmente y
atenuaban los problemas entre ambos países. Aunque hubo
serias contiendas entre musulmanes y cristianos en otras
partes de la antigua Unión Soviética, y mucha tensión,
y hasta combate entre cristianos occidentales y ortodoxos
en los estados del Báltico, prácticamente no se registró
violencia entre rusos y ucranianos.
La confluencia de la civilización ha sido limitada hasta
el momento, pero ha estado creciendo y evidentemente podría
difundirse mucho más. A medida que progresaron los conflictos
en el Golfo Pérsico, el Cáucaso y Bosnia, las posiciones
de los países y las grietas entre ellos coincidieron cada
vez más con las líneas de civilización. Los políticos
populistas, los líderes religiosos y los medios de difusión
descubrieron en esta confluencia un medio poderoso para
despertar el apoyo de las masas y presionar a gobiernos
vacilantes. En los próximos años, los conflictos locales
que mayor probabilidad tendrán de convertirse en guerras
importantes serán aquellos que (como ocurrió en Bosnia
y en el Cáucaso) sigan las líneas de ruptura entre civilizaciones.
La próxima guerra mundial, de producirse, será una guerra
entre civilizaciones.
OCCIDENTE CONTRA TODOS LOS DEMáS
OCCIDENTE vive en estos momentos un apogeo extraordinario
de poder en relación con las demás civilizaciones. La
superpotencia rival desapareció del mapa. Un conflicto
armado entre estados occidentales es inconcebible y su
poderío militar es inigualable. Aparte de Japón, Occidente
no enfrenta desafío económico alguno. Domina las instituciones
políticas y de seguridad internacionales y, junto con
Japón, las instituciones económicas internacionales. Estados
Unidos, Gran Bretaña y Francia resuelven los problemas
de política y de seguridad internacionales; Estados Unidos,
Alemania y Japón, los problemas económicos, y todos juntos
mantienen entre sí relaciones extraordinariamente estrechas,
excluyendo a los países menores, en su mayoría no occidentales.
Las decisiones del Consejo de Seguridad de las Naciones
Unidas o del Fondo Monetario Internacional, reflejos de
los intereses de Occidente, se presentan al mundo como
respuesta a los deseos de la comunidad mundial. La misma
frase "comunidad mundial" se ha convertido en
un eufemismo colectivo -que sustituye a "Mundo Libre"-
para dar legitimidad mundial a medidas que reflejan los
intereses de Estados Unidos y otras potencias occidentales.
Los dirigentes occidentales afirman casi de la misma manera
que actúan en nombre de "la comunidad mundial".
Durante la Guerra del Golfo, en una entrevista concedida
a "Good Morning America" el 21 de diciembre
de 1990, el primer ministro británico John Major cometió
un lapsus al referirse a las medidas que adoptaba "Occidente"
contra Saddam Hussein. Enseguida se corrigió y pasó a
hablar de la "comunidad mundial"; sin embargo,
al "equivocarse" en realidad estaba en lo cierto.
Mediante el FMI y otras instituciones económicas internacionales,
Occidente promueve sus intereses económicos e impone a
otros países las políticas económicas que considera convenientes.
Si se hiciera una encuesta en pueblos no occidentales,
el FMI obtendría, sin duda, el apoyo de los ministros
de finanzas y de unos cuantos más, pero una respuesta
abrumadoramente desf
cambio coincidirían con la caracterización que hace Georgy
Arbatov de los funcionarios del FMI como "neobolcheviques
que gustan de expropiar el dinero de los demás, imponer
reglas antidemocráticas y ajenas de conducta económica
y política, y ahogar la libertad económica".
El predominio de Occidente en el Consejo de Seguridad
de las Naciones Unidas y su gravitación sobre sus decisiones,
atemperadas sólo por la ocasional abstención de China,
llevaron a Naciones Unidas a legitimar que Occidente utilizara
la fuerza para expulsar a Irak de Kuwait, y eliminar las
armas sofisticadas iraquíes y su capacidad de producirlas.
También fueron la causa de que Estados Unidos, Gran Bretaña
y Francia, tomaran la medida sin precedentes en función
de la cual el Consejo de Seguridad exigió que Libia entregara
a los sospechosos de haber colocado la bomba en el vuelo
103 de Pan Am y se impusieron sanciones al no cumplirse
la exigencia. Luego de derrotar al mayor ejército del
mundo árabe, Occidente no vaciló en descargar todo su
peso sobre él. Occidente, en efecto, utiliza las instituciones
internacionales, el poderío militar y los recursos económicos
para conducir el mundo de formas que servirán para mantener
su predominio, proteger sus intereses y promover sus valores
políticos y económicos.
Esto es, al menos, como los no occidentales ven al mundo
nuevo, y hay un considerable elemento de verdad en su
opinión. Las diferencias de poder y las luchas por el
poderío militar, económico e institucional son, pues,
una fuente de conflicto entre Occidente y otras civilizaciones.
Las diferencias de cultura, es decir, de valores y creencias
fundamentales son una segunda fuente de conflicto. V.
S. Naipaul sostuvo que la civilización occidental es la
"civilización universal" que "conviene
a todos los hombres". Aparentemente, gran parte de
la cultura occidental ha permeado al resto del mundo.
A nivel más profundo, sin embargo, los conceptos occidentales
difieren de modo fundamental de los que prevalecen en
otras civilizaciones. Las ideas occidentales sobre individualismo,
liberalismo, constitucionalismo, derechos humanos, igualdad,
libertad, imperio del derecho, democracia, mercados libres
o separación de Iglesia y Estado suelen tener poca resonancia
en culturas como la islámica, la confuciana, la japonesa,
la hindú, la budista o la ortodoxa. Los intentos occidentales
de propagar estas ideas producen una reacción en contra
del "imperialismo de los derechos humanos" y
una reafirmación de los valores autóctonos, como puede
verse en el apoyo que las generaciones jóvenes del mundo
no occidental dan al fundamentalismo religioso. El concepto
mismo de "civilización universal" es una idea
occidental, que contrasta francamente con la singularidad
de la mayoría de las sociedades asiáticas y su insistencia
en lo que distingue a un pueblo de otro. De hecho, el
autor de una reseña sobre cien estudios comparativos de
los valores de distintas sociedades concluyó que "los
valores de mayor importancia en Occidente son los de menor
importancia en el resto del mundo". Harry C. Triandis,
The New York Times, 25 de diciembre de 1990, p. 41, y
"Cross-Cultural Studies of Individualism and Collectivism",
Nebraska Symposium on Motivation, vol. 37, 1989, pp. 41-133.
En la esfera política, por supuesto, estas diferencias
se manifiestan especi
potencias occidentales de inducir a otros pueblos a adoptar
ideas sobre democracia y derechos humanos. El sistema
de gobierno democrático moderno se originó en Occidente.
Cuando se ha desarrollado en sociedades no occidentales,
por lo general ha sido producto del colonialismo o la
imposición de Occidente.
Es probable que el eje central de la política mundial
en el futuro sean, en palabras de Kishore Mahbubani, el
conflicto entre "Occidente y todos los demás",
y las reacciones de las civilizaciones no occidentales
al poderío y los valores occidentales. Kishore Mahbubani,
"The West and the Rest", The National Interest,
verano de 1992, pp. 3-13. Estas respuestas suelen tomar
una de tres formas o una combinación de ellas. En un extremo,
los estados no occidentales pueden, como Birmania y Corea
del Norte, intentar la vía del aislamiento para proteger
sus sociedades de la penetración o "corrupción"
occidentales y, en la práctica, optar por no participar
en la comunidad internacional dominada por Occidente.
Los costos de esta vía, sin embargo, son elevados y pocos
estados se han entregado exclusivamente a ella. Una segunda
opción, el equivalente al "sumarse a la causa de
los ganadores" de la teoría de las relaciones internacionales,
es intentar unirse a Occidente y aceptar sus valores e
instituciones. La tercera opción es intentar "equilibrar"
a Occidente mediante el desarrollo de un poderío económico
y militar, y mediante la cooperación con otras sociedades
no occidentales para oponérsele, preservando al mismo
tiempo los valores e instituciones autóctonos; en resumen,
modernizarse pero no occidentalizarse.
LOS PAíSES ESCINDIDOS
EN EL FUTURO, a medida que las personas se diferencien
por su civilización, los países donde haya gran número
de personas pertenecientes a civilizaciones distintas
(como la Unión Soviética y Yugoslavia) serán candidatos
al desmembramiento. Algunos otros países tienen un grado
suficiente de homogeneidad cultural, pero se dividen en
cuanto a si su sociedad pertenece a una civilización o
a otra. Éstos son países escindidos. Sus dirigentes casi
siempre aspiran a desarrollar una estrategia de unirse
a los ganadores y a hacer del país parte de Occidente,
pero la historia, la cultura y las tradiciones son no
occidentales. Turquía es el prototipo más evidente de
país escindido. Sus dirigentes siguieron en los últimos
años del siglo XX la tradición de Ataturk y definieron
Turquía como nación-estado occidental moderna y laica.
Colocaron a Turquía junto a Occidente en la OTAN y en
la Guerra del Golfo; solicitaron ser parte de la Comunidad
Europea. Al mismo tiempo, sin embargo, grupos de la sociedad
turca apoyaron el resurgimiento del Islam y sostuvieron
que Turquía es fundamentalmente una sociedad musulmana
del Medio Oriente. Además, aunque la élite turca define
a Turquía como sociedad occidental, la élite occidental
se niega a aceptarla como tal. Turquía no será miembro
de la Comunidad Europea y la verdadera causa de ello,
como dijo el presidente Özal, "es que somos musulmanes
y ellos cristianos, aunque no lo digan". Tras haber
rechazado a la Meca, y después de haber sido rechazado
por Bruselas, ¿hacia dónde dirigirá sus ojos Turquía?
Tal vez hacia Toshkent. El fin de la Unión Soviética da
a Turquía la oportunidad de convertirse en líder del renacimiento
de una civilización turca donde se incluyen siete países
que se extienden desde las fronteras de Grecia hasta las
de China. Alentada por Occidente, Turquía está realizando
ingentes esfuerzos por forjarse esta nueva identidad.
En la década pasada, México adoptó una posición en cierta
forma similar a la de Turquía. Tal como Turquía, abandonó
su antagonismo histórico contra Europa e intentó unírsele;
México ha dejado de definirse por su antagonismo con Estados
Unidos y, en lugar de ello, intenta imitarlo e integrarse
a la zona de Libre Comercio de América del Norte. Los
dirigentes mexicanos están enfrascados en la compleja
tarea de redefinir la identidad mexicana, e introdujeron
reformas económicas fundamentales que con el tiempo conducirán
a cambios políticos igualmente fundamentales. En 1991,
un alto asesor del presidente Carlos Salinas de Gortari
me describió, con lujo de detalles, todos los cambios
que el gobierno de Salinas estaba realizando. Cuando terminó,
expresé: "Muy impresionante. Me parece que, fundamentalmente,
lo que intentan es que México deje de ser un país latinoamericano
y sea norteamericano". Me miró con sorpresa y exclamó:
"¡Exactamente! Eso es precisamente lo que intentamos
hacer, pero, por supuesto, no podríamos decirlo en público".
Como indica su observación, en México, al igual que en
Turquía, hay importantes sectores de la sociedad que no
están dispuestos a redefinir la identidad nacional. En
Turquía, los líderes de orientación europea tienen que
hacer guiños al Islam (como el peregrinaje de Özal a la
Meca); del mismo modo, los dirigentes mexicanos de orientación
filoestadounidense tienen que hacer guiños a quienes sostienen
que México es un país latinoamericano (como la Cumbre
Iberoamericana celebrada en Guadalajara, y auspiciada
por el gobierno de Salinas).
Desde un punto de vista histórico, Turquía ha sido el
país más profundamente escindido. Para Estados Unidos,
México es el país escindido más cercano. Mundialmente,
el país escindido más importante es Rusia. La cuestión
de si Rusia es parte de Occidente o líder de una civilización
eslavo-ortodoxa diferente ha estado siempre presente en
la historia rusa, aunque la victoria comunista la oscureció
al importar a Rusia una ideología occidental y adaptarla
a las condiciones locales para luego desafiar a Occidente
en nombre de esa ideología. El predominio del comunismo
interrumpió el debate histórico entre occidentalización
y rusificación. Una vez desacreditado el comunismo, los
rusos enfrentan de nuevo ese conflicto.
EN ESTE ARTíCULO no se sostiene que las identidades de
civilización sustituirán a todas las demás identidades,
que las naciones-estado desaparecerán, que cada civilización
se convertirá en una entidad política coherente única,
que los grupos de una civilización no entrarán en conflicto
entre sí, y ni siquiera que no lucharán unos con otros.
Pero sí surgen hipótesis según las cuales las diferencias
entre civilizaciones son reales e importantes; la conciencia
de la propia civilización aumenta; el conflicto entre
civilizaciones sustituirá al conflicto ideológico y a
otros tipos de conflicto como formas mundialmente dominantes
de conflicto; las relaciones internacionales, históricamente
un juego desarrollado en el marco de la civilización occidental,
se harán cada vez menos occidentales y se convertirán
en un juego en que las civilizaciones no occidentales
serán cada vez más activas y no ya meros objetos. También,
según esas hipótesis, es más probable que las instituciones
internacionales exitosas -en los ámbitos político, de
seguridad y económico- se desarrollen en el marco de cada
civilización y no entre dos distintas; los conflictos
entre grupos de distintas civilizaciones serán más frecuentes,
prolongados y violentos que los conflictos entre grupos
de una misma civilización; los conflictos violentos entre
grupos de distintas civilizaciones constituirán la fuente
más probable y peligrosa de enfrentamientos que puedan
crecer hasta convertirse en guerras mundiales; el eje
primordial de la política mundial serán las relaciones
entre "Occidente y el resto del mundo"; las
élites de algunos países no occidentales escindidos intentarán
hacer de sus países parte de Occidente, pero en la mayoría
de los casos enfrentarán grandes obstáculos para lograrlo,
y, en el futuro inmediato, un importante foco de conflicto
se ubicará entre Occidente y varios estados islámico-confucianos.
Aquí no se trata de hacer una defensa de los conflictos
entre las civilizaciones, sino de presentar hipótesis
descriptivas de cómo podría ser el futuro. Y si éstas
son hipótesis aceptables, es necesario considerar qué
consecuencias tendrían para la política occidental. Estas
consecuencias deberían dividirse entre la ventaja en el
corto plazo y los cambios a largo plazo. A corto plazo,
resulta claro que es de interés para Occidente promover
una mayor cooperación y unidad dentro de su propia civilización,
sobre todo entre sus componentes europeo y norteamericano;
incorporar a Europa Oriental y a América Latina, cuyas
culturas no se oponen a la occidental; promover y mantener
relaciones de cooperación con Rusia y Japón; impedir que
conflictos locales entre civilizaciones se conviertan
en guerras importantes; limitar la expansión de la fuerza
militar de los estados confucianos e islámicos; moderar
la reducción del poderío militar occidental y mantener
la superioridad militar en el este y sudoeste asiático;
aprovechar las diferencias y conflictos entre los estados
confucianos e islámicos; apoyar a otros grupos de civilizaciones
que muestren inclinación hacia los valores e intereses
de Occidente; fortalecer las instituciones internacionales
que reflejen y legitimen los intereses y valores de Occidente,
y promover la participación de los estados no occidentales
en esas instituciones.
A largo plazo, se necesitarían otras medidas. La civilización
occidental es occidental y moderna. Las civilizaciones
no occidentales han intentado hacerse modernas sin hacerse
occidentales. Hasta ahora, sólo Japón lo ha logrado. Las
civilizaciones no occidentales seguirán intentando adquirir
riqueza, tecnología, habilidades, máquinas y armamentos
que forman parte del ser modernos. Intentarán también
reconciliar esta modernidad con su cultura y valores tradicionales.
Su poderío económico y militar relativo aumentará. Por
ende, Occidente deberá considerar cada vez más a estas
civilizaciones modernas no occidentales cuyo poderío se
acercará al suyo, pero con cuyos valores e intereses difiere
de modo importante. Esto exigirá que Occidente mantenga
el poderío económico y militar necesario para proteger
sus intereses respecto de estas civilizaciones. También,
sin embargo, exigirá que desarrolle una comprensión más
profunda de los supuestos religiosos y filosóficos fundamentales
de otras civilizaciones y del modo en que sus integrantes
contemplan sus intereses. Se requerirá un esfuerzo para
identificar elementos comunes entre Occidente y otras
civilizaciones. En el futuro que viene al caso, no habrá
civilización universal, sino un mundo de civilizaciones
distintas, cada una de las cuales deberá aprender a convivir
con las demás.
Fuente: Foreign Affairs.
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